Las personas somos seres complejos, en cuanto a que, felizmente, nuestra formación no termina, sino hasta el día en morimos. Es así que, sin importar cuantas oportunidades tengamos de confrontarnos con nosotros mismos, en busca de un crecimiento o purificación de nuestras falencias, siempre podremos sacar provecho de la experiencia. Uno de las maneras en las que es posible verse y ver a los demás, es la lectura.
Lo maravilloso de la lectura es que, aun cuando se realiza en soledad, nos confronta con mundos enteros por conocer, con voces que enuncian verdades incómodas, o que presentan puntos de vista que nos son opuestos y nos invitan a la reflexión. Es decir, leer nos lleva a ver al otro, escucharlo. Dirigir nuestra mirada hacia afuera. Solo así, lograremos entender que otros mundos son posibles, otras realidades, otras miradas.
En el caso específico de la literatura clásica, su lectura no solo implica el poder adentrarnos en textos que nos permiten entender a la cultura helena, al dar cuenta de sus costumbres, creencias y manera de ver el mundo. Implica, a su vez, entendernos a nosotros mismos como cultura; pues es innegable el impacto que sigue teniendo lo clásico en el mundo contemporáneo.
Conociendo el pasado, podemos entender el presente. No podemos pretender que somos seres aislados, que existen de manera independiente al entorno al que pertenecen, sin tener que detenernos a pensar en cómo nuestro proceder afecta al medio que habitamos. Esta es quizá una de las enseñanzas más valiosas del teatro clásico, y de los mitos en general. Las decisiones que tomamos tienen repercusiones, y nadie está exento de sufrir las consecuencias. O nadie debería estarlo. Esto es aquello a lo que en la tragedia se denomina el problema de la responsabilidad humana.
Si nos entendemos como integrantes de un todo, es más fácil ser solidarios, llegar a la empatía y la compasión, negarse a la desensibilización o a la apatía. Y para esto nos ayuda también leer a los clásicos. En ellos llegamos a encontrar reflejadas las más grandes penas que alguien puede experimentar. Tanto es así, que incluso los dioses, quienes en teoría están exentos del padecimiento, llegan a pasar por angustias al ver lo que toma lugar en el mundo. Si nos acercaramos a estas realidades representadas, con el corazón y la mente cerrados, no llegaríamos a apreciar la riqueza de la obra en su totalidad.
Como comunicadores, como literatos, como seres vivientes; al tener esto presente, podemos procurar desempeñarnos de tal manera que, de hecho logremos un impacto positivo en nuestro entorno, así este sea tan simple, en apariencia, como no dar lugar a repetir un comportamiento dañino para con los demás. Si nos atañe la historia de un ser mitológico sobre el que se escribió hace tantos siglos atrás, cómo nos van a ser indiferentes los padecimientos de quienes comparten este momento de la historia con nosotros.
En general el arte, para su pleno disfrute, nos exige estar abiertos y mantenernos en contacto con nuestra emotividad, nuestros afectos y nuestra vulnerabilidad. Si viviéramos la vida así de sinceros, así de honestos, en todos los estados, en todos los momentos; otra sería la historia. La nuestra propia, y la del mundo.
Sofía Camacho Iñiguez
















