Un descubrimiento: la Ilíada

Atic Rodríguez

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La primera vez que leí la Ilíada estaba muy nerviosa: ¿y si eran textos muy difíciles? O ¿qué tal si no entendía las referencias míticas? O, aun peor, ¿y si me aburría?

Sin embargo, una vez que empecé la lectura, la insensatez de Agamenón, la tristeza de los caballos de Peleo, que lloran por la muerte de Patroclo, la descripción de los escudos y la nobleza del alma de los guerreros, que aun en las peores circunstancias de la guerra son capaces de sentir admiración por el enemigo, como el rey Príamo ante Aquiles, o de realizar un acto tan sincero como el intercambio de escudos entre Diomedes y Glauco por ser huéspedes paternos, me hicieron olvidar todos mis temores y prejuicios y adentrarme en la lectura.

Algo muy importantes es que la literatura clásica tuvo un carácter utilitario en la antigua Grecia: la ética y la estética eran inseparables una de la otra. Un elemento fundamental hoy en día. Los libros que leemos, además de su belleza artística nos dan la posibilidad de conocer otros espacios, de viajar en el tiempo y aprender muchas cosas: sobre tradiciones y culturas, diversas religiones, política, visiones determinadas del mundo. Por lo que, la literatura griega nos enseña que el arte no solamente es bello sino que también es una herramienta de conocimientos infinitos que no solo nos sirve como estudiantes de literatura sino como seres humanos que conviven con otras personas y con nosotros mismos.

El afán de los helenos por eternizar su cultura a través del arte es otro elemento de la literatura clásica que llamó mi atención desde las primeras clases. La habilidad de Hesíodo para explicar el origen de los dioses y dejar un registro de la creación del mundo y de las criaturas que lo habitan para que las generaciones venideras estuviesen al tanto de su cultura y tuviesen así un sentido de pertenencia dentro del territorio, es algo que los griegos trabajaron mucho. El arte, para lo griegos, poseía una validez universal, una capacidad para trascender en el tiempo puesto que obras como la Ilíada, la Odisea, la Teogonía, las tragedias y comedias, han sobrevivido a través de los años y nos permiten entender el imaginario heleno pero también entendernos a nosotros mismos y el entorno en el que estamos.

Además, de la creación de todos los mitos que existen, que los poetas, inspirados por el canto de las musas, compusieron, siguen siento, hoy en día, utilizados en el cine, en la literatura, en series televisivas, en cómics y muchos otros espacios multimedia, que, antes que alejarnos de la lectura de los clásicos, nos acercan a ellos través de otros formatos.

Lo más fascinante de la literatura clásica es su capacidad para retratar los sentimientos más profundos, la esencia misma del hombre: el llanto de Andrómaca mientras abraza a su hijo Astianacte porque Héctor debe partir a la batalla, de la cual no volverá, conmueve a los lectores. Nos obliga experimentar empatía hacia el ‘otro’,  una ternura muy grande frente a las circunstancias que viven los personajes.

Fuera del ámbito de la literatura, pienso que la aptitud para reconocerse en el otro es fundamental en estos días. El mundo se vuelve cada vez más violento debido a nuestra incapacidad para reaccionar ante el dolor ajeno, ante las guerras sin sentido que no nos matan pero que sí lastiman a otros y ya por ese hecho deberían afectarnos e incitarnos a actuar, a intentar un cambio, que empieza, creo yo, dejando que lo que pasa a nuestro alrededor nos afecte y nos transforme.

Por último, creo que lo esencial de la literatura clásica es su capacidad para reinventarse en el tiempo: son lecturas que se vuelven a crear según quien los lea, no se imponen al lector sino que se dejan descubrir. Y por esta misma razón, los clásicos griegos nos sobrevivirán en el tiempo y nos seguirán recordando lo esencial de la humanidad y los detalles a los que siempre deberemos volver.

 

 

 

Un viaje por la literatura clásica

Sofía Camacho y Atic Rodríguez
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En la antigua Grecia, el arte y la educación estaban profundamente relacionadas. Las creaciones artísticas, en específico las literarias, tenían como objetivo formar al ciudadano heleno, conformar su identidad y otorgarle un sentido de pertenencia. Es así que el arte, además del placer estético que pudiera otorgar a los espectadores o receptores del producto, tenía un fin utilitario. Además, se consideraba que sólo el arte poseía una validez universal y una plenitud inmediata, características que permitían la trascendencia de la memoria, de la tradición helena y del imaginario de lo que el hombre griego debía ser, de la existencia social y espiritual a la que debía aspirar. A breves rasgos, esto es lo que se conoce como Paideia, o, en otras palabras, el ideal educativo heleno.

Los poetas tenían una función social dentro de la Hélade, eran vistos como los educadores; y su deber era garantizar la construcción del ethos, el anhelo espiritual que los helenos buscaban. Fue Homero, en la Ilíada, quien erigió la imagen del hombre heleno y el comportamiento ideal que este debía imitar, a través de figuras míticas y de héroes que participaron en la Guerra de Troya y que lucharon con valor por la defensa de la patria.

La Paideia fomentó también la participación individual. Esto sucede a través de la reflexión del lector ante los hechos que se suceden en la Ilíada o en la Odisea; o, la sorpresa y la empatía que se establece entre el espectador con los personajes de, por ejemplo, Edipo en Colono al atestiguar el comportamiento de Polinices y Eteocles, el cual el espectador rechaza, pues los jóvenes han cedido ante el poder en lugar de ayudar a su padre. El arte y la educación, en la antigua Grecia, tuvieron una relación tan estrecha en tanto que permitió a los hombres y mujeres un reconocimiento del otro, de sí mismos y de su pueblo, además de incentivar a la transformación constante en favor de todos los habitantes de la Hélade.

Los griegos, quienes establecieron un ideal de cultura como principio formativo de la sociedad, difundieron sus valores y creencias a través del arte, sobretodo, de la palabra. Por dicha razón las costumbres, la moral y la tradición del territorio heleno están presentes en los cantos épicos, en las tragedias y en las comedias que han llegado a nuestros días y que nos permiten indagar en la forma de vida de una cultura muy antigua que continúa repercutiendo en nuestra manera de concebir el mundo.

Una vez establecido el concepto de Paideia y el valor proteico del arte en la Hélade, nos proponemos explicar la relación que existe entre estética y ética dentro de la Ilíada y la Odisea de Homero, los Trabajos y los días y La teogonía de Hesíodo, Las ranas de Aristófanes y tres tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides. Además de identificar la influencia de la literatura clásica en otros textos, ya sea en el canto veintiséis de la Divina Comedia, o en otros más modernos escritos por Borges o por Alberto Manguel, autores muy posteriores a Homero, pero que, sin embargo, se asombraron ante la belleza y las emociones que dichas obras les suscitaron.

Comencemos. “Los dioses, dice Homero en la Ilíada, tejen desventuras para los hombres para que las generaciones venideras tengan algo cantar” (1980), Borges, haciendo mención del mismo texto dice que “estamos hechos para el arte, estamos hechos para la memoria” (1980), para contar historias que nos sobrevivirán en el tiempo y que conservarán, en el caso de la literatura clásica, el testimonio de su existencia social y espiritual, de sus tradiciones, mitos y del ideal del hombre griego, del ciudadano al que uno debía aspirar a ser. La épica, por lo tanto, fue el espacio ideal donde se cantaron los hechos del pasado para impartir enseñanzas a las generaciones futuras a través de los mitos y de la participación de los dioses en el destino de los hombres.

Para los helenos, a través de los mitos les era posible conocer el mundo ideal, las historias pautaban el ejemplo que debían imitar, y por lo tanto era de vital importancia su difusión. La tendencia idealizadora de la épica es notoria. Es por esto que en la Ilíada, obra épica escrita por Homero, que narra el último año de la guerra de Troya, el aedo tiende a glorificar a los personajes y las acciones nobles que realizan, o, por el contrario, a desprestigiar a aquellos guerreros que abusan de su fuerza y de su poder, que ceden ante el horror de la gloria y perjudican al ejército, como Agamenón, quien, debido a que Até ha caminado sobre su cabeza, obra sin razón, ocasionando así la muerte de muchos aqueos.

Un elemento clave para entender el ideal heleno es el Polemos. Para los griegos cuando un joven guerrero moría en el campo de batalla alcanzaba el máximo esplendor, la máxima calidad humana; al enfrentar al enemigo, los combatientes hacían gala de su virtud, además del peligro al que se exponían por el bien de sus seres queridos, de sus compañeros y de su pueblo. Este ideal de la muerte heroica es conocido como kalos thánatos.

En la Ilíada, Héctor se dirige al campo de batalla para enfrentar a Aquiles, sin embargo, más allá del deseo por acabar con el enemigo, el hijo de Príamo decide enfrentar su destino, sobreponer su ímpetu de gloria en favor del bienestar de Troya, aun sabiendo que va a morir. La epopeya, entonces, es mucho más que un género: es “una de las instituciones que los griegos crearon para dar sentido a la muerte” (Jaeger, 1993) y dar sentido a su existencia misma.

En la Odisea también vemos rasgos proteicos esenciales para la construcción del hombre griego. Cuando uno lee este poema épico parece ser que el destino de los seres humanos está a merced de la voluntad de los dioses. Sin embargo, la literatura clásica nos enseña que son nuestras decisiones, sensatas o no, las que repercuten en el porvenir. Zeus, indignado ante esta cuestión, dice que los seres humanos siempre culpan a las deidades por sus desgracias cuando son ellos, con sus acciones imprudentes e irresponsables los que forjan su propio destino.

Al presenciar las acciones que realizan los personajes, la prepotencia de Aquiles, la insensatez de Dionisos al luchar contra los dioses, el dolor que experimenta Andrómaca al ver que Héctor parte a la guerra, el abuso que cometen los pretendientes de Penélope que planean la muerte de Telémaco; produce en los lectores sensaciones que los enfrentan consigo mismos al preguntarse qué harían en una situación similar, llevándolos a reflexionar sobre su actitud frente a las circunstancias cotidianas que viven.

Tanto en la Ilíada como en la Odisea, encontramos, además de todos los elementos mencionados hasta el momento, las historias y vivencias que conforman el pasado mítico de las distintas ciudades de la antigua Grecia. Todo pueblo, históricamente, ha buscado dar una explicación a su existencia, encontrar sus orígenes, hacerse de héroes que hagan las veces de referentes, y pautar, a través de esta consolidación de la identidad, un orden, que generalmente va dado por disposiciones de orden superior, que van más allá del mundo terrenal.

En el caso del pueblo heleno, una de las más bellas explicaciones del origen del universo, lo encontramos en el poema de Hesíodo, llamado Teogonía. En su escrito, el poeta busca “explicar el orden de lo existente y de las fuerzas que gobiernan este mundo. La realidad del mundo explicada a partir del mito” (Lesky). El tiempo del relato es genealógico, pues detalla la sucesión de los dioses y sus linajes respectivos.

Dentro de estas construcciones de la historia de un pueblo, es usual encontrar la noción de que al presente que nos ha tocado vivir, le precedió un tiempo idílico, donde los males y los pesares eran inexistentes. Generalmente, esta diferenciación entre el ‘ayer’ y el ‘hoy’, tiene la finalidad de pautar el límite entre aquello que implica ser un mortal, contrapuesto a la divinidad de las deidades que habitan el plano extraterreno. Como lo evidencia Hesíodo en Los trabajos y los días, esto no era excepción para los antiguos griegos.

En su texto, nos encontramos con el mito de las edades, el ‘ayer’ más lejano que nos precedió, es el de la edad de oro, aquella en la que los humanos vivían de manera similar a los dioses. Pero un día, por voluntad de Zeus, el mal fue introducido en el mundo, desde entonces los mortales conocen el sufrimiento. Con esto, se pretende explicar a los pobladores la razón de que en el mundo existe el sufrimiento. En la Ilíada, Zeus hace hincapié en cuanto a que las deidades, dichosas, se encuentran exentas de sufrimiento: observando los sucesos del enfrentamiento, se lamenta al observar a los caballos que fueron regalados por los dioses a Peleo, ya que ahora estos, pertenecientes al mundo terrenal, deben padecer los sufrimientos que antes les eran ajenos.

Después de la edad de oro, empezó una paulatina degeneración. Le siguieron la edad de plata y la de bronces. Según algunos teóricos, tras estos tres primeros momentos, se cierra el primer ciclo de las edades; ya que la que precede rompe la lógica de los metales, al ser esta la de los héroes. Carlos Miralles, autor de Hesíodo sobre los orígenes del hombre y el sentido de ‘Trabajos y días’, encuentra un paralelismo entre los hombres de la edad de bronce y los cíclopes de la Odisea. Ambos se niegan a rendir sacrificio a los dioses, la tierra del lugar donde viven les da lo que necesitan sin que tengan que esforzarse, y, en general, viven sin mayor padecimiento (Miralles).

Sin embargo, Homero no considera que sus personajes sean realmente dichosos. Señala que al dar todo por sentado, no están aprovechando a su máximo potencial las oportunidades que les son dadas. Por ejemplo, menciona que la tierra tan fértil en la que viven, podría darles todos los frutos si la trabajaran correctamente. Como Miralles apunta,

“Parece, por tanto, que, para este poeta, el paraíso es algo que se logra con el esfuerzo y el trabajo humanos… La tierra de los cíclopes no es un paraíso, porque sus habitantes no tienen leyes ni saben nada de relaciones interhumanas… con el esfuerzo del trabajo humano, esta tierra podría convertirse en algo como lo que dice Hesíodo referente a la tierra hajo el gobierno del buen rey. Los dos pasajes, al menos, el homérico y el hesiódico de referencia, parecen responder a concepciones afines” (pág. 22)

Ni para Homero ni para Hesiodo era desconocido que en el mundo hay injusticias y que el padecimiento es inherente a la condición humana. Hesíodo, al tratar el mito de las edades, nos recuerda que algún día hubo una raza de hombres mejores, pero no lo hace buscando causar malestar en los lectores; sino, como se ve en el resto del texto, para recordarles que nuestro destino está en nuestras manos y que a través del trabajo y la búsqueda de la justicia, existe una posible solución a los padecimientos que nos rodean. Como ejemplifica con la historia de las dos Eris, de nada sirve envidiar lo que no se tiene si no se emplea ese sentimiento para mejorar a nivel personal, y, por lo tanto, para beneficiar al pueblo al que se pertenece.

Ahora bien, la tragedia, cuyos orígenes datan del siglo V, a diferencia de lo que hemos visto hasta ahora, nace “cuando el lenguaje del mito deja de tener conexión con la realidad política de la ciudad”. (Vernant & Vidal-Naquet, 2001). Es decir, la tragedia se sitúa en dos mundos: el mito y los nuevos valores democráticos. A pesar de que la tragedia continúa inserta en el mito, ahora responde a los valores colectivos de la nueva sociedad helena, que se aprenden y se refuerzan a través de las representaciones en los coliseos. Además, las tragedias innovaron algunos aspectos: en el plano artístico, se inauguró un nuevo tipo de espectáculo; en el ámbito psicológico surgió lo que se conoce como el ‘hombre trágico’, y por último en el plano social, las tragedias se presentaron en concursos que pronto se establecieron como instituciones determinadas, administradas por el Estado.

En las tragedias que presentaremos existen elementos en común. En Edipo en Colono, de Sófocles, Edipo es obligado a abandonar Tebas, su tierra natal. Sus hijos, Eteocles y Polinices, quienes en un inicio decidieron a dejar el trono a Creonte, terminan por enfrentarse en una lucha por el poder. Finalmente, Eteocles se queda en Tebas y destierra a su hermano, quien viaja a Argos, donde prepara una ofensiva para vengarse de su hermano y retornar a la ciudad. Los lazos que unen a Edipo a Tebas, y por lo tanto a sus hijos, serán rotos por el protagnista al negarse a acompañar a Polinices y a Creonte de vuelta a su ciudad, quienes han ido a buscarlo por mero interés.

Los hijos de Edipo ceden ante la ambición de poder en lugar de ayudar al padre y por ende, su destino es trágico; cuando Creonte lo echó de Tebas, sus hijos no sintieron compasión por él, ni decidieron acompañarlo en su destierro. Son sus hijas, Antígona e Ismene, las que se encargan de cuidarlo, guiar su camino y sufrir las mismas desdichas que el padre. Únicamente cuando Polinices es desterrado va a suplicar a Edipo que lo ayude.

La relación entre padre e hijos es un motivo recurrente, como lo es también en Los persas de Esquilo. Jerjes, el rey de Persia, en un intento por ser mejor que su padre, decide invadir el territorio heleno. A pesar de que su ejército supera en número a ejército griego, no logra la victoria. Jerjes, derrotado, regresa a su castillo y se lamenta por la caída y la pérdida del imperio persa, a causa de su insensatez juvenil y su deseo por superar a su progenitor.

En estas tragedias, el reconocimiento del ‘otro’, del extranjero, es fundamental. ‘Ni anarquía ni despotismo’ es la consigna de la Erinias en laEuménides, que Atenas asume como suya. En Edipo en Colono Tebas es una ciudad desprovista de mando y sometida a la tiranía, todo lo contrario a Atenas. Edipo incluso culpa a Tebas del asesinato de su padre y de su unión con Yocasta, su madre. Atenas, en cambio, es la ciudad ideal: defiende los principios democráticos que rigen la sociedad helena, su gobernador, Teseo, jamás es denominado como un ‘tirano’ sino como rey, y su accionar demuestra que, en efecto, es un excelente líder. Es el responsable de proteger los derechos de todos los ciudadanos, y una vez que acoge  Edipo, vela también por intereses del tebano. Atenas es, en fin, una ciudad de hombres libres, donde el derecho a la palabra siempre es respetado.

Tanto Tebas como Persia son ciudades ‘bárbaras’, e incluso la primera es caracterizada como violenta, puesto que allí se desarrollan los enfrentamiento entre Polinices y Eteocles. Aun así, Teseo le dirige estas palabras a Creonte: “Tebas no te ha educado para la maldad, pues no gusta de criar hombres injustos”. A pesar de ser sus enemigos, los atenienses no desprestigian su valor, su calidad como seres humanos y su valentía en el campo de batalla. Y, sobre todo en Los persas, los helenos se compadecen por el sufrimiento del otro, sienten el dolor de Atosa ante el pesar de su hijo y la pérdida de su esposo, la desesperación del coro al ver en esa última batalla la extinción del gran imperio Persa.

Finalmente, para hablar del extranjero y el motivo de la alteridad, tenemos el caso de Las Bacantes, de Eurípides. El caso de esta tragedia es bastante curioso, pues tiene como personaje protagónico a Dionisio, el dios de la máscara; que aún en el Olimpo es símbolo de la otredad. Si bien él no es el personaje trágico de la obra, la trama de la misma sí se centra en su accionar. Esto se debe a que es el oponente del personaje trágico, quien no ha de llevar el calificativo de héroe. Penteo, rey de Tebas, quien se ve imposibilitado de reconocer al dios bajo su disfraz de extranjero debido a su arrogancia.

Dioniso no representa la alteridad únicamente en cuanto es visto como extranjero, y bárbaro por Penteo; sino porque a través de los ritos que se le rinden en su honor “la experiencia de volverse otro, no en el absoluto, sino otro con relación a los modelos, a las normas, a los valores propios de una cultura determinada.” (Vernant & Vidal-Naquet, 2001, pág. 231) . Vemos que lo que alarma al rey de Tebas al inicio de la tragedia es que las mujeres tebanas han transgredido el orden al comportarse de manera contraria a la que se espera de ellas tras ingerir vino. Dionisio es la otredad. Es un semidios con anhelos de divinidad absoluta, que logra anular las fronteras, o las confunde, entre lo humano y lo divino, lo humano y lo bestial.

Lamentablemente para Penteo, el que se lo reconozca o no, determina la suerte de quien lo observa. Los pobladores que han sido capaces de aceptar lo desconocido, dispuesto por el dios, no sufren consecuencias. El rey, por el contrario, no solo se condena a sí mismo, sino al resto de su familia. Dionisio ha llegado al territorio para purificarlos y enseñarles una lección  los mortales: no deben desafiar a los dioses.

Como hemos podido observar, al igual que en la épica, los tragediógrafos centran sus esfuerzos en imprimir nociones en sus escritos que pudieran ser de utilidad para los pobladores, en cuanto a su formación integral como seres humanos. Recurren a los mitos, tanto para dar cuenta de cómo nuestras acciones tienen consecuencias, de las que no podemos escapar; y, también, para procurar que la tradición se preserve, pues la memoria es de suma importancia para los helenos, como ya se ha señalado. Otra característica de la tragedia, es el que cuentan únicamente aquello que ya fue, buscan aleccionar a los ciudadanos en base a historias que forman parte de su tradición popular.

Carlos Gual, en su conferencia sobre la relación del teatro con la democracia y la educación, señala que podría entenderse que la tragedia y la comedia mantienen una relación dialéctica, en cuanto la primera se asume como un arte “serio y grave”, que refleja un mundo, precisamente, trágico; y en el otro caso, se elabora la historia dentro de un mundo disparatado, donde la burla, la mofa y la distensión predominan, aun cuando se combinan con la reflexión y la crítica (Gual).

La comedia, por su parte, no se basa en mitos, aun cuando estos pueden presentarse de manera engastada en el relato. La trama es una farsa en la que el personaje protagonista, el héroe cómico, emprende una misión para lograr remendar una situación con la que se siente insatisfecho y a la que le ha encontrado una posible solución. Mientras el héroe va buscando la vía para lograr su cometido, enuncia comentarios críticos para con la sociedad. Esto, según Gual, es una manera en que los comediógrafos le recuerdas al público que “la realidad es sólo algo que los hombres han construido y que, frente a ese algo que han construido, se podría construir un mundo mejor, un mundo utópico. Y ese es, digamos, el papel que tiene la comedia.” (Gual, pág. 8)

Como podemos ver, la comedia no solo tiene un carácter religioso y aleccionador, como la tragedia; sino, también, un marcado carácter político. En el caso de Las Ranas, obra escrita por Aristófanes, único comediógrafo de la Helada de quien se conservan escritos; nos encontramos, nuevamente, ante la figura de Dioniso. El autor elige al dios del teatro para enviarlo en una misión especial: descender al hades, y traer de vuelta al mundo terrenal a aquel autor capaz de subsanar el daño ocasionado al arte por parte de los nuevos poetas.

Aristófanes se muestra muy crítico con aquello que acontece en su tiempo en esta comedia. Aun cuando pretende hacer reír al público, también inserta cuestiones para la reflexión y cuestionamiento de la manera que se administra la ciudad y el poder. Busca evidenciar qué es lo que en su opinión ha colaborado para el deterioro de Atenas: las libertades excesivas, los malos ejemplos dados a los ciudadanos en las obras de Eurípides, y, la pérdida de la antigua estructura política. Es por ello que considera que Esquilo es el indicado para retornar con él al mundo de los mortales.

Gual nos señala que, en Las ranas,

“El dios Dioniso, mientras cruza la laguna Estigia va en el barco leyendo una tragedia de Eurípides, que a él le gusta más porque es un autor más moderno, pero luego al final del mundo de los muertos se va a traer a Esquilo, porque en la discusión se ha demostrado que Esquilo fue mejor educador del pueblo. Es curioso que el criterio para decidir quién debe resucitar es quién ha sido mejor educador del pueblo.” (pág. 3)

Es decir, el valor del poeta se mide, finalmente, en cuanto a su capacidad de cumplir con su rol de educador. Esto porque la estética, si bien es importante dentro de toda creación artística, no puede ir separada de la ética. Un texto puede ser muy agradable de leer, las palabras pueden estar dispuestas de tal forma que lleguen a sonar muy bien; pero si el escrito carece de un mensaje que resulte beneficioso y enriquecedor para quien lo recibe, no está cumpliendo su verdadero objetivo. Como mencionamos a lo largo de este texto, lo importante es que la literatura cumpla con los principios de la paideia.

Por último, es importante señalar que la influencia de la literatura clásica en la actualidad es indiscutible. Los dioses, los monstruos mitológicos, los héroes siguen siendo figuras recurrentes en la literatura, en la televisión, en el cine, incluso en el mundo del cómic. Borges dijo en una ocasión que hay tantas Biblias como lectores de la Biblia hay, es decir, las interpretaciones de un texto pueden ser infinitas. Odiseo, por ejemplo, es una creación de Homero que ha sido tratado y resignificado de acuerdo a la lectura que cada receptor del texto le ha dado.

Dante habla sobre Odiseo y Diomedes en el canto veintiséis de la Divina Comedia: han sido condenados a arder en una llama doble, la llama de los embaucadores, debido al engaño del Caballo de Troya que permitió a los griegos invadir la ciudad. La versión de Dante difiere de la que conocemos en la Odisea: el héroe invita a sus compañeros a realizar un último viaje, deseoso por satisfacer las curiosidades que el mundo esconde. ¿Cuál es el castigo de Dante? Según Borges fue “esa empresa generosa, denodada, de querer conocer lo vedado, lo imposible” (1980).

Diomedes no habla. Pero ¿qué significa su silencio? Alberto Manguel, escritor argentino, en su libro Curiosidad. Una historia material habla sobre la experiencia de Primo Levi en Auschwitz. La conversación entre Virgilio, Dante, Odiseo y Diomedes permite al lector comprender, o al menos instalarlo, pues la experiencia en el Infierno escapa al lenguaje, en la situación de los prisioneros en los campos de concentración nazi. Primo Levi, en una ocasión, intentó tomar un carámbano desde su ventana, un guardia lo empuja y se lo quitó. El joven italiano preguntó ‘¿Por qué?’, el joven militar le dijo ‘Aquí no hay ningún porqué’. Porque lo que no tiene sentido no puede ser explicado en palabras, como tampoco puede serlo la violencia, el maltrato y la deshumanización absoluta, como la perpetuada por el nazismo.

Manguel, volviendo Diomedes, explica que, a pesar de que en la Divina Comedia él no se pronuncia, quizás las palabras de Odiseo fueran dichas por los dos, pero cada una con un significado distinto. Quizás para Diomedes significó que “el hecho de ser humano no evita que suframos torturas inhumanas, que cada empresa humana tiene su sombra innombrable… que la vida nos haga zozobrar, justo cuando empezamos a vislumbrar la anhelada montaña, sin que haya ninguna razón inteligible, sólo por el capricho o la voluntad de algo o de alguien” (Manguel, 2015).

Tras este recorrido a través de la literatura clásica, llegando hasta su presencia en nuestros días, podemos ver cómo el sentido de educar a través de la literatura permaneció, y permanece, en los autores que hacían de los principios de la paideia los propios. Afortunadamente, en la hélade, los artistas, y en especial los poetas, eran considerados según el aporte que realizaban a la sociedad, a su crecimiento espiritual, su cohesión y el aporte a la preservación de la memoria, sin la cual los seres humanos no somos nada. Al fin y al cabo, estos escritores tenían en cuenta lo que hemos querido demostrar en el ensayo: la importancia de trabajar a la par la ética y la estética. De no ser así, de no haber contado con ese estima en su tiempo; quizá hoy en día no conoceríamos nada de su legado, y calcular lo que significaría tal perdida, es imposible.

Bibliografía

(s.f.).

Aristófanes. (1993). Las Ranas. (J. G. López, Trad.) Universidad de Murcia.

Borges, J. L. (1980). La Divina Comedia . En J. L. Borges, Siete noche (págs. 3-13). México : Meló S.A. .

Gual, C. G. (s.f.). Democracia, teatro y educación en la Atenas clásica. Universidad Complutense.

Jaeger, W. (1993). Homero el educador . En W. Jaeger, Paideia: los ideales de la cultura griega (págs. 48-65). México : Fondo de Cultura Económico .

López, J. G. (1993). Las Ranas de Aristófanes. Murcia: Universidad de Murcia. Obtenido de http://libros.um.es/editum/catalog/book/861

Manguel, A. (2015). ¿Por qué suceden las cosas? . En A. Manguel, Curiosidad. Una historia material (págs. 481-503). México: Almedía .

Miralles, C. (s.f.). Hesíodo sobre los orígenes del hombre y el sentido de ‘Trabajos y días’. Obtenido de http://revistes.ub.edu/index.php/EstudiosHelenicos/article/viewFile/5388/7144

Vernant, J. P., & Vidal-Naquet, P. (2001). Mito y Tragedia en la Grecia Antigua (Vol. II). París: Paidos.

Vernant, J.-P. (1995). El hombre griego . En J.-P. Vernant, El hombre griego (págs. 9-33). Madrid: Alianza Editorial .

Verse y ver: abrir el horizonte a través de los clásicos.

 

Las personas somos seres complejos, en cuanto a que, felizmente, nuestra formación no termina, sino hasta el día en morimos. Es así que, sin importar cuantas oportunidades tengamos de confrontarnos con nosotros mismos, en busca de un crecimiento o purificación de nuestras falencias, siempre podremos sacar provecho de la experiencia. Uno de las maneras en las que es posible verse y ver a los demás, es la lectura.

Lo maravilloso de la lectura es que, aun cuando se realiza en soledad, nos confronta con mundos enteros por conocer, con voces que enuncian verdades incómodas, o que presentan puntos de vista que nos son opuestos y nos invitan a la reflexión. Es decir, leer nos lleva a ver al otro, escucharlo. Dirigir nuestra mirada hacia afuera. Solo así, lograremos entender que otros mundos son posibles, otras realidades, otras miradas.

En el caso específico de la literatura clásica, su lectura no solo implica el poder adentrarnos en textos que nos permiten entender a la cultura helena, al dar cuenta de sus costumbres, creencias y manera de ver el mundo. Implica, a su vez, entendernos a nosotros mismos como cultura; pues es innegable el impacto que sigue teniendo lo clásico en el mundo contemporáneo.

Conociendo el pasado, podemos entender el presente. No podemos pretender que somos seres aislados, que existen de manera independiente al entorno al que pertenecen, sin tener que detenernos a pensar en cómo nuestro proceder afecta al medio que habitamos. Esta es quizá una de las enseñanzas más valiosas del teatro clásico, y de los mitos en general. Las decisiones que tomamos tienen repercusiones, y nadie está exento de sufrir las consecuencias. O nadie debería estarlo. Esto es aquello a lo que en la tragedia se denomina el problema de la responsabilidad humana.

Si nos entendemos como integrantes de un todo, es más fácil ser solidarios, llegar a la empatía y la compasión, negarse a la desensibilización o a la apatía. Y para esto nos ayuda también leer a los clásicos. En ellos llegamos a encontrar reflejadas las más grandes penas que alguien puede experimentar. Tanto es así, que incluso los dioses, quienes en teoría están exentos del padecimiento, llegan a pasar por angustias al ver lo que toma lugar en el mundo. Si nos acercaramos a estas realidades representadas, con el corazón y la mente cerrados, no llegaríamos a apreciar la riqueza de la obra en su totalidad.

Como comunicadores, como literatos, como seres vivientes; al tener esto presente, podemos procurar desempeñarnos de tal manera que, de hecho logremos un impacto positivo en nuestro entorno, así este sea tan simple, en apariencia, como no dar lugar a repetir un comportamiento dañino para con los demás. Si nos atañe la historia de un ser mitológico sobre el que se escribió hace tantos siglos atrás, cómo nos van a ser indiferentes los padecimientos de quienes comparten este momento de la historia con nosotros.

En general el arte, para su pleno disfrute, nos exige estar abiertos y mantenernos en contacto con nuestra emotividad, nuestros afectos y nuestra vulnerabilidad. Si viviéramos la vida así de sinceros, así de honestos, en todos los estados, en todos los momentos; otra sería la historia. La nuestra propia, y la del mundo.

Sofía Camacho Iñiguez

Otras miradas de la Ilíada

En su texto, La guerra que mató a Aquiles, Caroline Alexander nos presenta una mirada distinta de la Ilíada, centrada especialmente en aquello que se relaciona al motivo del Polemos. La muerte de Patroclo es uno de los apartados del ensayo.

A continuación podrán encontrar un resumen del capítulo:

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Alessandro Baricco es un escritor y periodista italiano, quien decidió darle un vuelco a la Ilíada de Homero. El autor se propuso reescribir la obra, con la particularidad de que en esta ocasión, los dioses están ausentes. Baricco empleó la traducción de Maria Grazia Ciani al italiano para realizar su trabajo, y fue ese texto con el trabajó para crear su versión.

Según él, el objetivo de su empresa era el de volver más accesible el texto para el publico en general, por el temor prejuiciado que existe dentro de la población al momento de enfrentarse a un libro clásico. Sin embargo, al retirar la presencia de los dioses, muchos de los elementos propios de la épica que se encontraban inscritos en la obra, se eliminan. Es decir, el texto se empobrece.

Aún así, si lo pensamos como un primer escalón, como la ventana para asomarse al mundo de lo clásico, y perderle así el miedo a estos gigantes de la literatura; la idea de Baricco cobra sentido.

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La comedia

En la Hélade, así como existían tragediógrafos, estaban también los comediógrafos. La comedia surge de manera posterior a la tragedia, en ella se imprime, de manera satírica, la realidad social, económica y política del territorio heleno, desde los ojos del autor.

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Aristófanes

 

Las representaciones de las comedias se daban una vez al año, en las Leneas, llamadas así por el nombre del mes en el que se realizaban, Leneo (actual marzo, aproximadamente), a las que asistían únicamente pobladores atenienses. Cada autor presentaba, y ponía a consideración del público, una sola obra. Lamentablemente, hoy en día conocemos tan solo once de ellas, todas pertenecientes a Aristófanes.

 

Estas son:

Año    Título
425   Los Acarnienses
424   Los Caballeros
423   Las Nubes
422  Avispas
421   La Paz;
414   Las Aves
411   Lisístrata. Las Tesmoforiantes
405   Ranas
392   Las Asambleístas
388   Pluto

Según José García López, un catedrático de la Universidad de Murcia, las comedias de Aristófanes “son un espejo de los avatares intelectuales, políticos y artísticos de su tiempo, un tiempo de ruptura también moral y  filosófica y que acaba con el siglo” (p.16)

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Una de las comedias más conocidas de este autor, es Las Ranas. La trama se centra en el viaje que realiza Dioniso, el héroe cómico, acompañado de un esclavo, hacía el inframundo. El motivo de su viaje es traer de vuelta a la vida al mejor escritor de tragedias, pues según su juicio, pues los poetas actuales han destruido el género literario al tratar de modernizarlo. Sin embargo, el argumento tiene en realidad un carácter político muy importante, el cual se expresa a través de la decisión del dios del teatro.

Dioniso elegirá a Esquilo, dejando de lado a Eurípides y Sofocles. La razón por lo que ha tomado esta decisión es que considera que él es el mejor postor para guiar al pueblo, pues no solo la literatura ha sido puesta en peligro; los nuevos legisladores amenazan en general con el orden de Atenas.

Si deseas conocer más sobre los motivos y mitos engastados que se presentan en Las Ranas, accede a esta dirección.

 

 

La tragedia

La tragedia como género literario tiene sus orígenes en la Helade. Las primeras obras datan del siglo V a. C., y las últimas conocidas son del siglo IV a. C. Resulta curioso que, a pesar del éxito que llegaron a tener entre los asistentes; estas manifestaciones artísticas se produjeron apenas durante un siglo.

Resulta aun más sorprendente que, según lo señala Carlos García Gual en su conferencia sobre la educación y la democracia en el teatro griego,  en total durante este periodo de tiempo se estrenaron un aproximado de mil tragedias, teniendo en cuenta que se presentaban entre doce y quince obras anualmente. De toda esa basta producción, hoy en día conocemos apenas un poco más de tres decenas de ellas, pues el resto se perdieron con el paso del tiempo.

Estas obras, dentro del contexto en el que surgieron, no eran pensadas para ser leídas individualmente y en silencio. Por el contrario, estaban pensadas para ser representadas por ciudadanos atenienses, quienes hacían las veces de actores; ante los espectadores que acudían al teatro en los días festivos.

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Máscaras empleadas por los actores del teatro clásico

Las fiestas en las que se presentaban las tragedias eran dos. Por un lado, las Dionisias, consagradas al dios del teatro, Dionisio, a las que podían asistir pobladores de toda la Helade; y, las Leneas, llamadas así por el nombre del mes en el que se realizaban, Leneo (actual marzo, aproximadamente), a las que asistían únicamente pobladores atenienses.

Teatro de Dionisio

En sus inicios, las obras eran presentadas una única vez: el día de su estreno.

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Eurípides (izq.), Sófocles y Esquilo (der.)

Llegado el siglo IV, se permitió que se repitiera la representación de las creadas por los grandes tragediógrafos, ya fallecidos para entonces: Esquilo, Sófocles y Eurípides.

 

 

Esto da cuenta de que la tragedia había entrado en decadencia, pues ya no había escritores que se les asemejaran, y mucho menos superaran, a los de antaño.

Hoy en día, la lectura de estas obras nos permite conocer más sobre el pensamiento, las creencias y costumbres de lo Helade. Y, aunque pareciera improbable, siguen siendo vigentes en cuanto a los temas que abordan y la manera en que los presentan. Es fácil para el lector sentirse identificado con lo que le acontece al protagonista, cuyo destino, como es de esperarse, es trágico.

Te invitamos a conocer un poco más sobre las tragedias escritas por los grandes poetas de la Hélade. Hemos preparado presentaciones donde se detallan los motivos y los mitos engastados que se hacen presentes en Los Persas, de Esquilo; Edipo en Colono, de Sófocles, y Las Bacantes, de Eurípides.

¿Por qué hablar de literatura clásica?

Cada persona que haya tenido la experiencia de aproximarse a aquella literatura que entendemos como clásica, podrá responder esta interrogante de distinta manera, pues no es posible concebir dos lecturas idénticas de un mismo texto.

Quienes hacemos este blog, consideramos que es importante hablar de lo clásico porque, primero, como occidentales, nuestra manera de ver el mundo está poblada de herencias de lo que fue la civilización helena. Por lo tanto, entender y acercarnos a esta literatura es una vía para conocernos más a nosotros mismos. En palabras de Italo Calvino, “los clásicos sirven para entender quiénes somos y adónde hemos llegado”.

Les invitamos a incursionar en las distintas entradas de nuestro blog, donde encontrarán información acerca de la producción literaria de la Hélade. Todo lo que encontrarán es resultado del trabajo que hemos realizado en la clase impartida por Myriam Merchan: Lecturas de Literatura Clásica II, de la que somos alumnas en la Pontifica Universidad Católica del Ecuador.