Sofía Camacho y Atic Rodríguez
En la antigua Grecia, el arte y la educación estaban profundamente relacionadas. Las creaciones artísticas, en específico las literarias, tenían como objetivo formar al ciudadano heleno, conformar su identidad y otorgarle un sentido de pertenencia. Es así que el arte, además del placer estético que pudiera otorgar a los espectadores o receptores del producto, tenía un fin utilitario. Además, se consideraba que sólo el arte poseía una validez universal y una plenitud inmediata, características que permitían la trascendencia de la memoria, de la tradición helena y del imaginario de lo que el hombre griego debía ser, de la existencia social y espiritual a la que debía aspirar. A breves rasgos, esto es lo que se conoce como Paideia, o, en otras palabras, el ideal educativo heleno.
Los poetas tenían una función social dentro de la Hélade, eran vistos como los educadores; y su deber era garantizar la construcción del ethos, el anhelo espiritual que los helenos buscaban. Fue Homero, en la Ilíada, quien erigió la imagen del hombre heleno y el comportamiento ideal que este debía imitar, a través de figuras míticas y de héroes que participaron en la Guerra de Troya y que lucharon con valor por la defensa de la patria.
La Paideia fomentó también la participación individual. Esto sucede a través de la reflexión del lector ante los hechos que se suceden en la Ilíada o en la Odisea; o, la sorpresa y la empatía que se establece entre el espectador con los personajes de, por ejemplo, Edipo en Colono al atestiguar el comportamiento de Polinices y Eteocles, el cual el espectador rechaza, pues los jóvenes han cedido ante el poder en lugar de ayudar a su padre. El arte y la educación, en la antigua Grecia, tuvieron una relación tan estrecha en tanto que permitió a los hombres y mujeres un reconocimiento del otro, de sí mismos y de su pueblo, además de incentivar a la transformación constante en favor de todos los habitantes de la Hélade.
Los griegos, quienes establecieron un ideal de cultura como principio formativo de la sociedad, difundieron sus valores y creencias a través del arte, sobretodo, de la palabra. Por dicha razón las costumbres, la moral y la tradición del territorio heleno están presentes en los cantos épicos, en las tragedias y en las comedias que han llegado a nuestros días y que nos permiten indagar en la forma de vida de una cultura muy antigua que continúa repercutiendo en nuestra manera de concebir el mundo.
Una vez establecido el concepto de Paideia y el valor proteico del arte en la Hélade, nos proponemos explicar la relación que existe entre estética y ética dentro de la Ilíada y la Odisea de Homero, los Trabajos y los días y La teogonía de Hesíodo, Las ranas de Aristófanes y tres tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides. Además de identificar la influencia de la literatura clásica en otros textos, ya sea en el canto veintiséis de la Divina Comedia, o en otros más modernos escritos por Borges o por Alberto Manguel, autores muy posteriores a Homero, pero que, sin embargo, se asombraron ante la belleza y las emociones que dichas obras les suscitaron.
Comencemos. “Los dioses, dice Homero en la Ilíada, tejen desventuras para los hombres para que las generaciones venideras tengan algo cantar” (1980), Borges, haciendo mención del mismo texto dice que “estamos hechos para el arte, estamos hechos para la memoria” (1980), para contar historias que nos sobrevivirán en el tiempo y que conservarán, en el caso de la literatura clásica, el testimonio de su existencia social y espiritual, de sus tradiciones, mitos y del ideal del hombre griego, del ciudadano al que uno debía aspirar a ser. La épica, por lo tanto, fue el espacio ideal donde se cantaron los hechos del pasado para impartir enseñanzas a las generaciones futuras a través de los mitos y de la participación de los dioses en el destino de los hombres.
Para los helenos, a través de los mitos les era posible conocer el mundo ideal, las historias pautaban el ejemplo que debían imitar, y por lo tanto era de vital importancia su difusión. La tendencia idealizadora de la épica es notoria. Es por esto que en la Ilíada, obra épica escrita por Homero, que narra el último año de la guerra de Troya, el aedo tiende a glorificar a los personajes y las acciones nobles que realizan, o, por el contrario, a desprestigiar a aquellos guerreros que abusan de su fuerza y de su poder, que ceden ante el horror de la gloria y perjudican al ejército, como Agamenón, quien, debido a que Até ha caminado sobre su cabeza, obra sin razón, ocasionando así la muerte de muchos aqueos.
Un elemento clave para entender el ideal heleno es el Polemos. Para los griegos cuando un joven guerrero moría en el campo de batalla alcanzaba el máximo esplendor, la máxima calidad humana; al enfrentar al enemigo, los combatientes hacían gala de su virtud, además del peligro al que se exponían por el bien de sus seres queridos, de sus compañeros y de su pueblo. Este ideal de la muerte heroica es conocido como kalos thánatos.
En la Ilíada, Héctor se dirige al campo de batalla para enfrentar a Aquiles, sin embargo, más allá del deseo por acabar con el enemigo, el hijo de Príamo decide enfrentar su destino, sobreponer su ímpetu de gloria en favor del bienestar de Troya, aun sabiendo que va a morir. La epopeya, entonces, es mucho más que un género: es “una de las instituciones que los griegos crearon para dar sentido a la muerte” (Jaeger, 1993) y dar sentido a su existencia misma.
En la Odisea también vemos rasgos proteicos esenciales para la construcción del hombre griego. Cuando uno lee este poema épico parece ser que el destino de los seres humanos está a merced de la voluntad de los dioses. Sin embargo, la literatura clásica nos enseña que son nuestras decisiones, sensatas o no, las que repercuten en el porvenir. Zeus, indignado ante esta cuestión, dice que los seres humanos siempre culpan a las deidades por sus desgracias cuando son ellos, con sus acciones imprudentes e irresponsables los que forjan su propio destino.
Al presenciar las acciones que realizan los personajes, la prepotencia de Aquiles, la insensatez de Dionisos al luchar contra los dioses, el dolor que experimenta Andrómaca al ver que Héctor parte a la guerra, el abuso que cometen los pretendientes de Penélope que planean la muerte de Telémaco; produce en los lectores sensaciones que los enfrentan consigo mismos al preguntarse qué harían en una situación similar, llevándolos a reflexionar sobre su actitud frente a las circunstancias cotidianas que viven.
Tanto en la Ilíada como en la Odisea, encontramos, además de todos los elementos mencionados hasta el momento, las historias y vivencias que conforman el pasado mítico de las distintas ciudades de la antigua Grecia. Todo pueblo, históricamente, ha buscado dar una explicación a su existencia, encontrar sus orígenes, hacerse de héroes que hagan las veces de referentes, y pautar, a través de esta consolidación de la identidad, un orden, que generalmente va dado por disposiciones de orden superior, que van más allá del mundo terrenal.
En el caso del pueblo heleno, una de las más bellas explicaciones del origen del universo, lo encontramos en el poema de Hesíodo, llamado Teogonía. En su escrito, el poeta busca “explicar el orden de lo existente y de las fuerzas que gobiernan este mundo. La realidad del mundo explicada a partir del mito” (Lesky). El tiempo del relato es genealógico, pues detalla la sucesión de los dioses y sus linajes respectivos.
Dentro de estas construcciones de la historia de un pueblo, es usual encontrar la noción de que al presente que nos ha tocado vivir, le precedió un tiempo idílico, donde los males y los pesares eran inexistentes. Generalmente, esta diferenciación entre el ‘ayer’ y el ‘hoy’, tiene la finalidad de pautar el límite entre aquello que implica ser un mortal, contrapuesto a la divinidad de las deidades que habitan el plano extraterreno. Como lo evidencia Hesíodo en Los trabajos y los días, esto no era excepción para los antiguos griegos.
En su texto, nos encontramos con el mito de las edades, el ‘ayer’ más lejano que nos precedió, es el de la edad de oro, aquella en la que los humanos vivían de manera similar a los dioses. Pero un día, por voluntad de Zeus, el mal fue introducido en el mundo, desde entonces los mortales conocen el sufrimiento. Con esto, se pretende explicar a los pobladores la razón de que en el mundo existe el sufrimiento. En la Ilíada, Zeus hace hincapié en cuanto a que las deidades, dichosas, se encuentran exentas de sufrimiento: observando los sucesos del enfrentamiento, se lamenta al observar a los caballos que fueron regalados por los dioses a Peleo, ya que ahora estos, pertenecientes al mundo terrenal, deben padecer los sufrimientos que antes les eran ajenos.
Después de la edad de oro, empezó una paulatina degeneración. Le siguieron la edad de plata y la de bronces. Según algunos teóricos, tras estos tres primeros momentos, se cierra el primer ciclo de las edades; ya que la que precede rompe la lógica de los metales, al ser esta la de los héroes. Carlos Miralles, autor de Hesíodo sobre los orígenes del hombre y el sentido de ‘Trabajos y días’, encuentra un paralelismo entre los hombres de la edad de bronce y los cíclopes de la Odisea. Ambos se niegan a rendir sacrificio a los dioses, la tierra del lugar donde viven les da lo que necesitan sin que tengan que esforzarse, y, en general, viven sin mayor padecimiento (Miralles).
Sin embargo, Homero no considera que sus personajes sean realmente dichosos. Señala que al dar todo por sentado, no están aprovechando a su máximo potencial las oportunidades que les son dadas. Por ejemplo, menciona que la tierra tan fértil en la que viven, podría darles todos los frutos si la trabajaran correctamente. Como Miralles apunta,
“Parece, por tanto, que, para este poeta, el paraíso es algo que se logra con el esfuerzo y el trabajo humanos… La tierra de los cíclopes no es un paraíso, porque sus habitantes no tienen leyes ni saben nada de relaciones interhumanas… con el esfuerzo del trabajo humano, esta tierra podría convertirse en algo como lo que dice Hesíodo referente a la tierra hajo el gobierno del buen rey. Los dos pasajes, al menos, el homérico y el hesiódico de referencia, parecen responder a concepciones afines” (pág. 22)
Ni para Homero ni para Hesiodo era desconocido que en el mundo hay injusticias y que el padecimiento es inherente a la condición humana. Hesíodo, al tratar el mito de las edades, nos recuerda que algún día hubo una raza de hombres mejores, pero no lo hace buscando causar malestar en los lectores; sino, como se ve en el resto del texto, para recordarles que nuestro destino está en nuestras manos y que a través del trabajo y la búsqueda de la justicia, existe una posible solución a los padecimientos que nos rodean. Como ejemplifica con la historia de las dos Eris, de nada sirve envidiar lo que no se tiene si no se emplea ese sentimiento para mejorar a nivel personal, y, por lo tanto, para beneficiar al pueblo al que se pertenece.
Ahora bien, la tragedia, cuyos orígenes datan del siglo V, a diferencia de lo que hemos visto hasta ahora, nace “cuando el lenguaje del mito deja de tener conexión con la realidad política de la ciudad”. (Vernant & Vidal-Naquet, 2001). Es decir, la tragedia se sitúa en dos mundos: el mito y los nuevos valores democráticos. A pesar de que la tragedia continúa inserta en el mito, ahora responde a los valores colectivos de la nueva sociedad helena, que se aprenden y se refuerzan a través de las representaciones en los coliseos. Además, las tragedias innovaron algunos aspectos: en el plano artístico, se inauguró un nuevo tipo de espectáculo; en el ámbito psicológico surgió lo que se conoce como el ‘hombre trágico’, y por último en el plano social, las tragedias se presentaron en concursos que pronto se establecieron como instituciones determinadas, administradas por el Estado.
En las tragedias que presentaremos existen elementos en común. En Edipo en Colono, de Sófocles, Edipo es obligado a abandonar Tebas, su tierra natal. Sus hijos, Eteocles y Polinices, quienes en un inicio decidieron a dejar el trono a Creonte, terminan por enfrentarse en una lucha por el poder. Finalmente, Eteocles se queda en Tebas y destierra a su hermano, quien viaja a Argos, donde prepara una ofensiva para vengarse de su hermano y retornar a la ciudad. Los lazos que unen a Edipo a Tebas, y por lo tanto a sus hijos, serán rotos por el protagnista al negarse a acompañar a Polinices y a Creonte de vuelta a su ciudad, quienes han ido a buscarlo por mero interés.
Los hijos de Edipo ceden ante la ambición de poder en lugar de ayudar al padre y por ende, su destino es trágico; cuando Creonte lo echó de Tebas, sus hijos no sintieron compasión por él, ni decidieron acompañarlo en su destierro. Son sus hijas, Antígona e Ismene, las que se encargan de cuidarlo, guiar su camino y sufrir las mismas desdichas que el padre. Únicamente cuando Polinices es desterrado va a suplicar a Edipo que lo ayude.
La relación entre padre e hijos es un motivo recurrente, como lo es también en Los persas de Esquilo. Jerjes, el rey de Persia, en un intento por ser mejor que su padre, decide invadir el territorio heleno. A pesar de que su ejército supera en número a ejército griego, no logra la victoria. Jerjes, derrotado, regresa a su castillo y se lamenta por la caída y la pérdida del imperio persa, a causa de su insensatez juvenil y su deseo por superar a su progenitor.
En estas tragedias, el reconocimiento del ‘otro’, del extranjero, es fundamental. ‘Ni anarquía ni despotismo’ es la consigna de la Erinias en laEuménides, que Atenas asume como suya. En Edipo en Colono Tebas es una ciudad desprovista de mando y sometida a la tiranía, todo lo contrario a Atenas. Edipo incluso culpa a Tebas del asesinato de su padre y de su unión con Yocasta, su madre. Atenas, en cambio, es la ciudad ideal: defiende los principios democráticos que rigen la sociedad helena, su gobernador, Teseo, jamás es denominado como un ‘tirano’ sino como rey, y su accionar demuestra que, en efecto, es un excelente líder. Es el responsable de proteger los derechos de todos los ciudadanos, y una vez que acoge Edipo, vela también por intereses del tebano. Atenas es, en fin, una ciudad de hombres libres, donde el derecho a la palabra siempre es respetado.
Tanto Tebas como Persia son ciudades ‘bárbaras’, e incluso la primera es caracterizada como violenta, puesto que allí se desarrollan los enfrentamiento entre Polinices y Eteocles. Aun así, Teseo le dirige estas palabras a Creonte: “Tebas no te ha educado para la maldad, pues no gusta de criar hombres injustos”. A pesar de ser sus enemigos, los atenienses no desprestigian su valor, su calidad como seres humanos y su valentía en el campo de batalla. Y, sobre todo en Los persas, los helenos se compadecen por el sufrimiento del otro, sienten el dolor de Atosa ante el pesar de su hijo y la pérdida de su esposo, la desesperación del coro al ver en esa última batalla la extinción del gran imperio Persa.
Finalmente, para hablar del extranjero y el motivo de la alteridad, tenemos el caso de Las Bacantes, de Eurípides. El caso de esta tragedia es bastante curioso, pues tiene como personaje protagónico a Dionisio, el dios de la máscara; que aún en el Olimpo es símbolo de la otredad. Si bien él no es el personaje trágico de la obra, la trama de la misma sí se centra en su accionar. Esto se debe a que es el oponente del personaje trágico, quien no ha de llevar el calificativo de héroe. Penteo, rey de Tebas, quien se ve imposibilitado de reconocer al dios bajo su disfraz de extranjero debido a su arrogancia.
Dioniso no representa la alteridad únicamente en cuanto es visto como extranjero, y bárbaro por Penteo; sino porque a través de los ritos que se le rinden en su honor “la experiencia de volverse otro, no en el absoluto, sino otro con relación a los modelos, a las normas, a los valores propios de una cultura determinada.” (Vernant & Vidal-Naquet, 2001, pág. 231) . Vemos que lo que alarma al rey de Tebas al inicio de la tragedia es que las mujeres tebanas han transgredido el orden al comportarse de manera contraria a la que se espera de ellas tras ingerir vino. Dionisio es la otredad. Es un semidios con anhelos de divinidad absoluta, que logra anular las fronteras, o las confunde, entre lo humano y lo divino, lo humano y lo bestial.
Lamentablemente para Penteo, el que se lo reconozca o no, determina la suerte de quien lo observa. Los pobladores que han sido capaces de aceptar lo desconocido, dispuesto por el dios, no sufren consecuencias. El rey, por el contrario, no solo se condena a sí mismo, sino al resto de su familia. Dionisio ha llegado al territorio para purificarlos y enseñarles una lección los mortales: no deben desafiar a los dioses.
Como hemos podido observar, al igual que en la épica, los tragediógrafos centran sus esfuerzos en imprimir nociones en sus escritos que pudieran ser de utilidad para los pobladores, en cuanto a su formación integral como seres humanos. Recurren a los mitos, tanto para dar cuenta de cómo nuestras acciones tienen consecuencias, de las que no podemos escapar; y, también, para procurar que la tradición se preserve, pues la memoria es de suma importancia para los helenos, como ya se ha señalado. Otra característica de la tragedia, es el que cuentan únicamente aquello que ya fue, buscan aleccionar a los ciudadanos en base a historias que forman parte de su tradición popular.
Carlos Gual, en su conferencia sobre la relación del teatro con la democracia y la educación, señala que podría entenderse que la tragedia y la comedia mantienen una relación dialéctica, en cuanto la primera se asume como un arte “serio y grave”, que refleja un mundo, precisamente, trágico; y en el otro caso, se elabora la historia dentro de un mundo disparatado, donde la burla, la mofa y la distensión predominan, aun cuando se combinan con la reflexión y la crítica (Gual).
La comedia, por su parte, no se basa en mitos, aun cuando estos pueden presentarse de manera engastada en el relato. La trama es una farsa en la que el personaje protagonista, el héroe cómico, emprende una misión para lograr remendar una situación con la que se siente insatisfecho y a la que le ha encontrado una posible solución. Mientras el héroe va buscando la vía para lograr su cometido, enuncia comentarios críticos para con la sociedad. Esto, según Gual, es una manera en que los comediógrafos le recuerdas al público que “la realidad es sólo algo que los hombres han construido y que, frente a ese algo que han construido, se podría construir un mundo mejor, un mundo utópico. Y ese es, digamos, el papel que tiene la comedia.” (Gual, pág. 8)
Como podemos ver, la comedia no solo tiene un carácter religioso y aleccionador, como la tragedia; sino, también, un marcado carácter político. En el caso de Las Ranas, obra escrita por Aristófanes, único comediógrafo de la Helada de quien se conservan escritos; nos encontramos, nuevamente, ante la figura de Dioniso. El autor elige al dios del teatro para enviarlo en una misión especial: descender al hades, y traer de vuelta al mundo terrenal a aquel autor capaz de subsanar el daño ocasionado al arte por parte de los nuevos poetas.
Aristófanes se muestra muy crítico con aquello que acontece en su tiempo en esta comedia. Aun cuando pretende hacer reír al público, también inserta cuestiones para la reflexión y cuestionamiento de la manera que se administra la ciudad y el poder. Busca evidenciar qué es lo que en su opinión ha colaborado para el deterioro de Atenas: las libertades excesivas, los malos ejemplos dados a los ciudadanos en las obras de Eurípides, y, la pérdida de la antigua estructura política. Es por ello que considera que Esquilo es el indicado para retornar con él al mundo de los mortales.
Gual nos señala que, en Las ranas,
“El dios Dioniso, mientras cruza la laguna Estigia va en el barco leyendo una tragedia de Eurípides, que a él le gusta más porque es un autor más moderno, pero luego al final del mundo de los muertos se va a traer a Esquilo, porque en la discusión se ha demostrado que Esquilo fue mejor educador del pueblo. Es curioso que el criterio para decidir quién debe resucitar es quién ha sido mejor educador del pueblo.” (pág. 3)
Es decir, el valor del poeta se mide, finalmente, en cuanto a su capacidad de cumplir con su rol de educador. Esto porque la estética, si bien es importante dentro de toda creación artística, no puede ir separada de la ética. Un texto puede ser muy agradable de leer, las palabras pueden estar dispuestas de tal forma que lleguen a sonar muy bien; pero si el escrito carece de un mensaje que resulte beneficioso y enriquecedor para quien lo recibe, no está cumpliendo su verdadero objetivo. Como mencionamos a lo largo de este texto, lo importante es que la literatura cumpla con los principios de la paideia.
Por último, es importante señalar que la influencia de la literatura clásica en la actualidad es indiscutible. Los dioses, los monstruos mitológicos, los héroes siguen siendo figuras recurrentes en la literatura, en la televisión, en el cine, incluso en el mundo del cómic. Borges dijo en una ocasión que hay tantas Biblias como lectores de la Biblia hay, es decir, las interpretaciones de un texto pueden ser infinitas. Odiseo, por ejemplo, es una creación de Homero que ha sido tratado y resignificado de acuerdo a la lectura que cada receptor del texto le ha dado.
Dante habla sobre Odiseo y Diomedes en el canto veintiséis de la Divina Comedia: han sido condenados a arder en una llama doble, la llama de los embaucadores, debido al engaño del Caballo de Troya que permitió a los griegos invadir la ciudad. La versión de Dante difiere de la que conocemos en la Odisea: el héroe invita a sus compañeros a realizar un último viaje, deseoso por satisfacer las curiosidades que el mundo esconde. ¿Cuál es el castigo de Dante? Según Borges fue “esa empresa generosa, denodada, de querer conocer lo vedado, lo imposible” (1980).
Diomedes no habla. Pero ¿qué significa su silencio? Alberto Manguel, escritor argentino, en su libro Curiosidad. Una historia material habla sobre la experiencia de Primo Levi en Auschwitz. La conversación entre Virgilio, Dante, Odiseo y Diomedes permite al lector comprender, o al menos instalarlo, pues la experiencia en el Infierno escapa al lenguaje, en la situación de los prisioneros en los campos de concentración nazi. Primo Levi, en una ocasión, intentó tomar un carámbano desde su ventana, un guardia lo empuja y se lo quitó. El joven italiano preguntó ‘¿Por qué?’, el joven militar le dijo ‘Aquí no hay ningún porqué’. Porque lo que no tiene sentido no puede ser explicado en palabras, como tampoco puede serlo la violencia, el maltrato y la deshumanización absoluta, como la perpetuada por el nazismo.
Manguel, volviendo Diomedes, explica que, a pesar de que en la Divina Comedia él no se pronuncia, quizás las palabras de Odiseo fueran dichas por los dos, pero cada una con un significado distinto. Quizás para Diomedes significó que “el hecho de ser humano no evita que suframos torturas inhumanas, que cada empresa humana tiene su sombra innombrable… que la vida nos haga zozobrar, justo cuando empezamos a vislumbrar la anhelada montaña, sin que haya ninguna razón inteligible, sólo por el capricho o la voluntad de algo o de alguien” (Manguel, 2015).
Tras este recorrido a través de la literatura clásica, llegando hasta su presencia en nuestros días, podemos ver cómo el sentido de educar a través de la literatura permaneció, y permanece, en los autores que hacían de los principios de la paideia los propios. Afortunadamente, en la hélade, los artistas, y en especial los poetas, eran considerados según el aporte que realizaban a la sociedad, a su crecimiento espiritual, su cohesión y el aporte a la preservación de la memoria, sin la cual los seres humanos no somos nada. Al fin y al cabo, estos escritores tenían en cuenta lo que hemos querido demostrar en el ensayo: la importancia de trabajar a la par la ética y la estética. De no ser así, de no haber contado con ese estima en su tiempo; quizá hoy en día no conoceríamos nada de su legado, y calcular lo que significaría tal perdida, es imposible.
Bibliografía
(s.f.).
Aristófanes. (1993). Las Ranas. (J. G. López, Trad.) Universidad de Murcia.
Borges, J. L. (1980). La Divina Comedia . En J. L. Borges, Siete noche (págs. 3-13). México : Meló S.A. .
Gual, C. G. (s.f.). Democracia, teatro y educación en la Atenas clásica. Universidad Complutense.
Jaeger, W. (1993). Homero el educador . En W. Jaeger, Paideia: los ideales de la cultura griega (págs. 48-65). México : Fondo de Cultura Económico .
López, J. G. (1993). Las Ranas de Aristófanes. Murcia: Universidad de Murcia. Obtenido de http://libros.um.es/editum/catalog/book/861
Manguel, A. (2015). ¿Por qué suceden las cosas? . En A. Manguel, Curiosidad. Una historia material (págs. 481-503). México: Almedía .
Miralles, C. (s.f.). Hesíodo sobre los orígenes del hombre y el sentido de ‘Trabajos y días’. Obtenido de http://revistes.ub.edu/index.php/EstudiosHelenicos/article/viewFile/5388/7144
Vernant, J. P., & Vidal-Naquet, P. (2001). Mito y Tragedia en la Grecia Antigua (Vol. II). París: Paidos.
Vernant, J.-P. (1995). El hombre griego . En J.-P. Vernant, El hombre griego (págs. 9-33). Madrid: Alianza Editorial .